El derecho a equivocarnos

La inteligencia artificial acierta demasiado como para enseñarnos algo.

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Vivimos con miedo a fallar y, peor aún, con prisa por acertar. Por eso nos fascina la inteligencia artificial: porque no duda. Calcula, predice y responde sin titubear, como ese compañero de clase que levantaba la mano antes de que el maestro terminara la pregunta. Y claro, lo admirábamos, hasta que la vida real empezó el examen.

El error humano, ese que antes llamábamos experiencia, hoy se ve como fallo. Nos hemos vuelto intolerantes al tropiezo. Queremos diagnósticos sin incertidumbre, amores sin riesgo, creatividad sin mancha. Pero lo que nos hacía distintos no era la perfección, era la posibilidad de aprender del tropiezo.

La IA no se equivoca: repite errores ajenos con precisión milimétrica y eso la hace peligrosa; porque al eliminar el margen de duda, borra también el terreno donde nacen la curiosidad, la compasión y el humor. No hay ironía en el algoritmo, ni culpa que madure, ni remordimiento que enseñe.

Nos resuelve tanto que olvidamos la pedagogía del error. Queremos ser máquinas porque el error duele. Pero el dolor es, precisamente, el recordatorio de que seguimos vivos.

Las máquinas corrigen con código. Nosotros con conciencia. Una palabra que no se programa.

En los centros de desarrollo tecnológico presumen “modelos sin sesgo”, “respuestas perfectas y procesos pulcros”, pero una vida sin contradicciones es un simulacro.

La duda, la torpeza, la emoción que se sale de guion, son los espacios donde ocurre la chispa que ninguna red neuronal puede replicar.

El día que una IA aprenda a decir “no sé”, quizá empiece a parecerse a nosotros.
Hasta entonces, dejemos de imitarla.

Porque equivocarse sigue siendo un acto de libertad.
Y en tiempos de algoritmos infalibles, errar a propósito es una forma de resistencia.