El fuego bajo la piel

El enojo no destruye, revela lo que todavía te importa.

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Nos enseñaron que enojarse está mal, que quien se enoja pierde, que hay que contar hasta diez, respirar profundo y fingir que no pasa nada, pero esa calma ensayada es exactamente lo que nos enferma.

El enojo no es una falla del carácter, es un sistema de alerta, es la alarma de incendio que suena cuando alguien cruza un límite, cuando la vida te empuja más de lo que debería; lo peligroso no es sentirlo, sino apagarlo.

Porque el enojo, cuando se reprime, no se disuelve; se muda, se instala en el estómago, en la mandíbula, en las noches sin sueño; se transforma en gastritis, en rencor, en silencio. Lo que no se dice, se somatiza y lo que no se siente “por tener inteligencia emocional”, te va muriendo lento.

La ira es humana, pero domesticada se vuelve poder; sin enojo no hay revolución, sin incomodidad no hay cambio.

El enojo fue la chispa de cada “ya basta” que movió la historia, pero si lo dejas sin propósito, se pudre dentro.

La inteligencia emocional no consiste en no enojarse —eso se llama hipocresía—, consiste en saber para qué te estás enojando. Hay rabias inútiles, las que vienen del ego, y rabias sagradas, las que nacen del amor, del cansancio, de la dignidad.

La diferencia no está en la furia; está en lo que haces con ella.

Vivimos en una época que premia la sonrisa automática y los filtros que borran hasta la furia; nos entrenaron para disimular lo que sentimos, no para entenderlo.

Pero el enojo también es una forma de decir, sin palabras: “Esto me importa.”

Así que no le huyas al fuego; aprende a encenderlo con conciencia, no para destruir, sino para iluminar.

Porque en muchas ocasiones, la única manera de no quemarse por dentro, es aprender a arder por fuera.