Mi Funeral y Yo

La pregunta más incómoda que me hace valorar lo que sí tengo

Autor de la columna

Dicen que la verdadera radiografía de una vida no está en los cumpleaños ni en los ascensos, está en cuántas sillas se llenan el día que ya no estoy, esa pregunta simple ¿quién irá a mi funeral? tiene filo, no porque anticipe mi muerte, sino porque exhibe la vida que realmente estoy llevando. ¿A quién le importo de verdad? ¿A cuántos les he cambiado algo? ¿Quién sería capaz de detener su agenda un martes cualquiera solo para despedirme? No hablo de contactos, hablo de vínculos y ahí es donde, sin querer, duele.

En México nos encanta medir todo con métricas falsas, likes, seguidores, reacciones, vistas, pero las redes no cargan ataúdes ni sostienen hombros, la presencia real no se cuantifica, se siente y cuando la pregunta del funeral aparece, la máscara social se cae sola, no importa cuántas fotos familiares publique, importa a cuántos les hice falta de verdad.

Hay quien cree que tendría un funeral multitudinario, hay otros que viven en silencio, sin estridencias y llenarían la parroquia con historias que nunca presumieron, la diferencia no la marca el “éxito” la marca la coherencia, lo que di sin esperar, lo que acompañé sin anunciar, lo que cuidé sin grabarlo.

En este país, donde la gente se nos muere más por descuido que por destino, pensar en mi funeral no es morboso, es honesto, porque ahí no llega el que “conviene” llega el que me quiso, el que me perdonó, el que me escuchó cuando ya estaba cansado de escuchar, el que aprendió algo de mí, aunque fuera una sola frase que le enderezó la vida.

Si hoy tuviera que apostar, ¿cuántos llegarían? ¿Tres? ¿Doce? ¿Cincuenta? ¿O tal vez más de los que imagino porque, sin darme cuenta, sembré donde nadie veía?

¿Y si nadie se da cuenta de mi muerte hasta que el olor avisa?

Esa cifra, la del funeral, debería guiarme más que el salario o el currículum, porque no sirve de nada coleccionar méritos si nadie siente mi ausencia, no sirve llegar lejos si llegué solo, no sirve tener razón si lastimé en silencio, no sirve dejar herencias si nunca dejé huella.

Me hago la pregunta con honestidad, sin adornos, e invito a quien lea esto a hacerse la misma, a detenerse un segundo y revisar qué vida está dejando detrás, para elegir dónde pongo mi tiempo, mis actos, mis afectos, porque no decido cuándo me voy, pero sí quién asiste a despedirme y eso se construye hoy, con lo que hago cuando nadie me mira.

Al final, la muerte no me evalúa, la gente sí y el conteo final lo escriben ellos, no yo.